“Bienvenido“, escrito en la roída madera del portal de entrada, iba a ser la única señal de humanidad para C. en aquél desolado paraje (o eso imaginaba). Sus pasos le habían llevado, tras varios meses, inexorablemente hasta aquél etéreo reino. El lugar donde la escalada de hechos suscitados antes de estas líneas, se había originado. Cuán círculo perfectamente proyectado en el lienzo de su vida, C. había dado un giro perfecto en torno a todas las cosas que alguna vez consideró hermosas e importantes. Allí se dió cuenta que el hilo del destino había abandonando la telaraña que había tejido en torno a él, y que quizás, su búsqueda iba a terminar allí, en ese momento, en el mismo lugar dónde todo comenzó. Pero ya no era el mismo momento, y C. sintió el dolor del tiempo en su interior.
A través de un agujero en la deteriorada puerta de entrada, C. observó hacia el interior con la extraña ingenuidad de quién espera hallar algo que sabe que no va a encontrar. Y así fue. La voz y presencia de quiénes habían sido sus compañeros de vida y muerte durante aquella impresionante aventura, se había marchado hacía ya largos años. El hombre de rostro pálido y envejecido, recordó. A los niños cuyo destino yacía en la piedra de su sacrificio, a la chica que viajó por el tiempo y le salvó la vida, al príncipe vengativo de cabellos como la ceniza. La mujer de traje blanco y certero juicio a quién alguna vez llamó “amor”. El hombre de armadura azulada y temple invariable a quién alguna vez llamó “amigo”. Y así la mágica ciudad se negaba a devolverle su alma.
Mysidia se acurrucaba alrededor del imponente sol, que a su vez la llamaba mientras se ocultaba en el horizonte. En ese momento, C. dudó del objetivo de su búsqueda. “No es acaso más noble simplemente aceptar lo que nos ha llegado, y más aún, lo que se ha marchado de nosotros?”. C. decidió dar la media vuelta y marcharse de aquél lugar. Pero el tiempo dijo otra cosa, dándole a C. otra punzada en el corazón.
Nuevamente echó un ojo al agujero de la puerta, pero esta vez giró el pomo de la puerta, y entró. Los objetos que alguna vez fueron símbolos de amistad, heroísmo y lealtad, estaban allí, amontonados como desperdicios. C. no pudo evitar lanzar un hondo suspiro primero, y esbozar una sonrisa después. A pesar de que aquellos objetos se encontraban en un estado deplorable, cubiertos de moho, oxidados por el desuso, azotados por la providencia, aún llevaban consigo los más preciados recuerdos. De pronto, una placa de madera llamó la atención de C. Estaba cubierta de dibujos de niños y garabatos varios. Uno de ellos intentaba emular el rostro de un gato, haciendo una extraña y al mismo tiempo graciosa mueca.
“:3″ C. rió con desgana, pero la placa debajo de aquella contenía una inscripción que iluminó su rostro. C. limpió el polvo con paciencia, y al terminar observó con asombro el mensaje. Las palabas que finalmente liberaron a C. de su pesada carga, de su andar cabizbajo, y la pena de su rostro fueron: “La verdad te será otorgada, una vez que leas la primera palabra en cada párrafo de este texto“.

HAHAHAHA, OH WOW. Yeah v3 y tal. Parecida pero diferente.